Mica y su familia llevaban viviendo ya un par de meses en la gran casa de campo (con eso no nos referimos a lo que nosotros conocemos como campo, no, si no nos referimos a las casas que no están en la ciudad, las que están al aire libre). Era difícil adaptarse luego de haber vivido largos años en la sombra de las ciudades subterráneas, sin siquiera haberse preocupado del clima, del sol, del viento… Las familias que habitaban en el condominio GHz-208 habían vivido toda su vida al aire libre, por lo que Mica y su familia eran la excepción, los únicos que no conocían el sol, los únicos que no participaban en los asados de fin de semana. Esa noche Mica no podía dormir. La asaltaban las mismas preguntas de siempre “¿Qué se sentirá tener una quemadura por causa del sol?” “¿Dolerá tanto que uno se desmaya en menos de 5 minutos?” Todo le resultaba a la vez absurdo y fascinante. Pensar que todo estaba al alcance de su mano… pero no podía verlo, ni tocarlo, ni sentirlo… Las ventanas digitales de su dormitorio se habían echado a perder esa misma tarde, por lo que Mica no podía apreciar la redondez de la luna, el titilar de las estrellas, o el simple color azul oscuro tan característico de las noches. En la casa reinaba el silencio y el palito del reloj se movía lentamente. Las luces, que en general iban disminuyendo suavemente una vez que uno estaba en la cama, se encontraban completamente encendidas, lo que por supuesto significaba que Mica no estaba en la cama. Resignada ya a dormir, caminó hacia la puerta. Estaba cansada sí, y al otro día tenía colegio, pero ¿qué importaba? No podía obligar al sueño a acudir a su lado. Caminó en silencio por la casa mientras a su paso las luces se iban encendiendo y luego apagando. La pieza de Rea, la de sus padres, el baño, el pasillo y finalmente… La puerta principal al exterior. Esta llevaba meses sellada, más a ella no le interesaba salir. Cuando no podía dormir, se acostaba en el suelo y pegaba la oreja a la puerta. Si tenía suerte, podía escuchar algún grillo o el susurro del viento. Con el mínimo ruido, su corazón latía desbocado, su respiración se dificultaba y tenía que controlarse para no reírse a carcajadas, ¡era tan emocionante! A veces juraba haber escuchado pasos al otro lado, o incluso a veces el sonido de la lluvia, pero no podía estar segura. Feliz, luego de haber logrado escuchar algo, volvía a su dormitorio, y soñaba con árboles, mariposas y rayos de luna… Pero esta noche, era diferente. Estaba cansada de vivir encerrada, de no poder comprobar lo que decían los libros, de no poder aprovechar el jardín, de vivir asustada por rumores… No, esa noche Mica saldría, vería las maravillas de mundo y estaría en casa antes del amanecer ¿cómo? Qué más daba, tenía toda la noche para pensar, aunque...
-¡Mica, Mica cariño despierta! ¿Qué haces aquí? ¡No me digas que eres sonámbula de nuevo! –Mica abrió los ojos lentamente y se encontró con la preocupada cara de su madre. ¡Maldición! Se había quedado dormida otra vez. -¿por qué siempre te encuentro al lado de la puerta? No me digas que te dio con salir al exterior otra vez… Mi linda, ¿no te das cuenta de lo peligroso que es? ¡Caerías enferma en menos de 3 segundos! ¿Por qué no tomas una clase de preparación? Sé que eso no haría feliz a tu padre, él no aprueba la vida al aire libre... ¡pero al menos así evitaríamos que te mates! -. “¿Por qué mamá era siempre tan exagerada?” Pensaba Mica.“Y tan gritona por lo demás…”
-¡Cállate de una vez, por favor… mamita linda! –Dijo Mica- No pasó nada, y no, no pienso tomar uno de esos cursos ridículos de preparación para vida exterior, somos humanos, estamos hechos para vivir al aire libre, ¿Es qué no lo entiendes? Nuestros organismos están creados para soportar el sol, los cambios de temperaturas, el viento… En unos años más si seguimos ocultándonos en estas… en estas… en estas cosas, ¡no podremos vivir afuera! Es nuestra última oportunidad…
-No me vengas con eso otra vez, Mica. Ya lo hablamos y dijimos que el tema no se toca más, tu papá no quiere saber nada del exterior, y muy bien que nosotros vivimos en estas “cosas” como las llamas tú. La vida exterior ya quedó atrás, acéptalo, ¡este es el futuro de nuestra especie! Todo lo que está tras esas paredes, es dañino… - Mica no siguió escuchando, estaba cansada de que le dijeran siempre lo mismo. La vida en el exterior estaba permitida, sus padres no se habían adaptado al cambio de ciudad, y seguramente nunca lo harían, “Si vamos a seguir encerrados como animales, deberíamos volver a las ciudades subterráneas… de qué nos sirve estar en el campo si no puedo salir sin tomar uno de esos cursos aburridos y estúpidos…” pensó Mica. –… Y una vez que te hagas responsable y uses un poco más la cabeza señorita, entenderás el por qué (aunque deberías entenderlo ya…). ¿Quedó claro? Y qué tu padre ni se entere, ya sabes que él no lo tolera –Mica asintió y se retiró arrastrando los pies. Una vez más sus planes se habían visto frustrados, y es que no iba a culpar a mamá, pero ¿Por qué siempre lo estropeaba de esa manera? ¿Por qué nadie en esa casa lo entendía? Sus compañeros pasaban los recreos en el patio, ¿pero ella? No, tenía estrictamente prohibido asomarse a las ventanas y mucho menos a las puertas… Que el sol la podía dejar ciega, que las corrientes de aire podían traer enfermedades, que la suciedad la arruinaría para siempre... ¡Tonterías! Ni con Rea podía hablar del tema, él creía que todo tipo de bestias y pestes habitaban afuera… Qué idiota, era lógico que eso no era verdad. Mica tenía que preparase para ir a la escuela, pero ¿Para qué salir de casa si ni siquiera voy a “salir”? Pensaba ella.